Colombia, una elección decisiva ante la alineación
La elección presidencial colombiana del 31 de mayo de 2026 no puede leerse como una disputa interna más. Colombia, un país con 41,4 millones de votantes, no solo elegirá al sucesor de Gustavo Petro, también definirá cómo se ubicará el país en América Latina frente a las nuevas presiones geopolíticas, con Estados Unidos reactivando su influencia regional en el contexto de la “doctrina Donroe”, con Brasil dividido entre Lula y el bolsonarismo, con Venezuela reconfigurada tras la caída de Maduro y con Ecuador convertido en un conflicto externo disruptor, con tintes de influencia extrarregional.
La fotografía electoral disponible -antes de la veda de encuestas- muestra una paradoja. Iván Cepeda llega como favorito de la primera vuelta, pero no como ganador inevitable de la presidencia. En los últimos estudios publicados, encabezó todos los escenarios de primera ronda. Mientras que, Abelardo de la Espriella protagonizó el crecimiento más acelerado de la campaña y desplazó a Paloma Valencia como principal rival de la izquierda en buena parte de las mediciones. El dato decisivo es que casi ningún sondeo serio pone a candidato alguno por encima del umbral que evitaría el balotaje. En resumen, lo que se perfila es una segunda vuelta altamente polarizada.
La razón de fondo, Colombia está votando bajo una sensación de fatiga institucional y de inseguridad creciente. La Defensoría del Pueblo ha registrado centenares de amenazas relacionadas con el ambiente electoral: candidatos, líderes sociales, funcionarios, activistas y actores políticos están siendo intimidados por grupos armados o estructuras; mientras que, la plataforma nacional Misión de Observación Electoral ubicó 386 municipios en riesgo de violencia. Un problema mucho más profundo que la simple posibilidad de incidentes aislados para el día de la elección, aunque para algunos es evidencia persistente de territorios donde el Estado colombiano no ejerce control pleno y la democracia operan bajo presión de actores armados, estructuras criminales, redes clientelares y dinámicas de violencia local. El panorama lo complican los ataques con drones. La violencia ha evolucionado no solamente en intensidad sino también en naturaleza.
En ese contexto, la elección funciona como un examen final sobre la política de “paz total” del presidente Petro. El candidato Cepeda ofrece continuidad, diálogo y corrección social; De la Espriella y Valencia prometen restauración del mando, presión militar y una vuelta al lenguaje de la autoridad. Aquí está el núcleo del voto colombiano de 2026: paz negociada con resultados pobres o seguridad dura con riesgos de mayores escaladas.
Hay, además, una dimensión de gobernanza que no conviene subestimar, el próximo presidente heredará un Congreso fragmentado, sin mayorías claras, lo que obligará a pactos desde el primer día. Y, si la elección termina siendo estrecha, la disputa por la legitimidad puede prolongarse porque en Colombia: el preconteo es informativo y el escrutinio es el que da la validez jurídica.
La Registraduría, órgano electoral de Colombia que contabiliza los votos, ha reforzado su auditoría técnica con CAPEL (Centro de Asesoría y Promoción Electoral del Instituto Interamericano de Derechos Humanos);pese a ello, ni el oficialismo ni la oposición han dejado de sembrar sospechas sobre el proceso. Esto pone en entredicho a la democracia en el país, donde la diferencia entre perder una elección y desconocerla empieza con una deslegitimación precisamente ahí.
Por otro lado, si se observa el tablero desde Washington, el punto crucial es que ya ningún candidato puede ignorar a Estados Unidos. La reunión de Trump y Petro en febrero aunque rebajó tensiones, también dejó claro que la Casa Blanca quiere marcar la agenda colombiana en narcotráfico, crimen transnacional, Venezuela y seguridad regional. De la Espriella ha sido el más abierto en buscar ese respaldo; Valencia también se inserta en esa misma lógica, aunque desde una imagen más institucional; Cepeda ha intentado una fórmula distinta: defender una relación firme, no subordinada, pero sin romper con el principal socio estratégico del país. La campaña ya no discute si Washington importa, sino qué precio político tiene que pagar el país para acomodarse a la política de los Estados Unidos.
Brasil y Venezuela, por su parte, pesan menos como actores directos que como espejos ideológicos. Cepeda se ha fotografiado con Lula, Sheinbaum y Pedro Sánchez, buscando una legitimidad progresista internacional. De la Espriella ha tejido, en cambio, una red con el universo de Bukele, Milei, Vox y los Bolsonaro. Esta misma semana volvió a exhibir ese puente con la derecha brasileña. No es un detalle menor: Colombia se ha convertido en una pieza simbólica del pulso continental entre una izquierda que quiere defender soberanía y reformas, y una derecha que promete orden, mercado y guerra frontal contra el crimen.
El caso venezolano exige abandonar las lecturas simplistas. La imagen de una Venezuela capaz de proyectar recursos e influencia ideológica sobre América Latina ya no corresponde plenamente a la realidad actual. Tras instalación de Delcy Rodríguez como presidenta interina, el peso de Caracas en la región se ha desplazado hacia variables mucho más pragmáticas y sensibles: frontera, energía, comercio y seguridad. Paradójicamente, el tema externo más tangible dentro de la campaña colombiana ni siquiera ha sido Venezuela, sino Ecuador. La confrontación arancelaria con Daniel Noboa deterioró la confianza bilateral, encareció el intercambio comercial y terminó transformando la frontera andina en un símbolo político utilizado por prácticamente todos los sectores de la contienda electoral.
Mi lectura, es que el desenlace más probable sigue siendo una segunda vuelta entre Cepeda y De la Espriella. Cepeda llega mejor posicionado al 31 de mayo porque conserva la delantera y puede convertir la segunda vuelta en un obstáculo contra la ultraderecha. Pero De la Espriella tiene una ruta viable al poder: capitalizar el miedo a la inseguridad, absorber el voto anti-Petro y presentarse como la versión colombiana de una nueva derecha hemisférica. La variable crítica será si la derecha logra unificarse de verdad. Hoy eso no está garantizado. Y por eso, más que una victoria cantada de la izquierda o de la derecha, es una elección de alineamiento: entre continuidad y reacción, entre autonomía y tutela, entre paz imperfecta y orden punitivo.
Por la Mtra. Ana Cruz Cervantes.
Docente de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Anáhuac Puebla