9 de febrero de 2026
Autor: Dr. Christian Jesús Hamilton Núñez
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Introducción
El médico se encuentra "enrolado en el ejército que lucha contra la muerte", esta sin duda es una metáfora que encapsula la intensa dedicación y el espíritu combativo de la profesión. Sin embargo, en el corazón de esta vocación reside la paradoja central —o el dilema del Sísifo de Bata Blanca—: ¿Cómo lidiar con la realidad de saber que nos enlistamos para pelear contra la muerte, sabiendo que, inevitablemente, todos vamos a morir? ¿Hasta qué punto es esta una pelea "perdida" para la que debemos seguir presentándonos cada día? Este artículo sostiene que la carga y el privilegio de curar exigen ir más allá de la técnica. Es imperativo forjar un diálogo íntimo con el yo médico, reconociendo la profunda dualidad de ser sanador y humano. Solo a través de la aceptación de esta paradoja y de la necesidad imperiosa del cuidado propio se puede sostener éticamente y emocionalmente el cuidado del otro.
Palabras clave: Autocuidado, Introspección, Abnegación, Sacrificio y Pasión.
El médico, por la naturaleza de su vocación, es un viajero diario al borde de la existencia. No solo trabaja con la vida, sino que convive íntimamente con su fragilidad y su finitud. El profesional de la salud es un testigo presencial de la fragilidad humana, observando el Memento Mori (recuerda que morirás) no como una abstracción filosófica, sino como una realidad clínica cotidiana en la sala de urgencias, en el consultorio o en la unidad de cuidados intensivos. Esta cercanía constante le genera una perspectiva sui géneris, pero también un síndrome de desgaste profesional y carga emocional por el efecto acumulativo del mismo.
Es particularmente difícil manejar lo emocional en los casos donde, a pesar de todo el esfuerzo, los conocimientos médicos y la tecnología, el médico sabe que no tiene muchas opciones con el paciente. En estos momentos, la ciencia y la técnica llegan a su límite, dejando al descubierto la humanidad del sanador. Aquí es donde se manifiesta el Peso del "Atlas", es decir; la necesidad autoimpuesta y externa de sostener el mundo (o la vida) de otro sobre los hombros. Esta carga se vuelve especialmente abrumadora cuando el médico sabe que, a pesar de su heroísmo, el resultado escapa a su control. Es la lucha contra el destino con manos atadas, donde el esfuerzo no siempre garantiza la victoria, pero es la oportunidad para la reflexión sobre las siguientes cuestiones: ¿Vale la pena estar "enrolado en el ejército que lucha contra la muerte"?, ¿Cómo lidiar con la realidad de saber que nos enlistamos para pelear contra la muerte, sabiendo que, inevitablemente, todos vamos a morir? ¿Hasta qué punto es esta una pelea "perdida" para la que debemos seguir luchando cada día?
En el vertiginoso ritmo de la jornada clínica —entre códigos de emergencia, consultas sin fin y el peso de las decisiones de vida o muerte—, el médico vive en un estado perpetuo de orientación hacia el exterior. Toda su energía psíquica y emocional se dirige a la persona que tienen enfrente, el paciente; que espera siempre la mejor atención de su médico, no solo con relación a las decisiones y tratamientos relacionados con su enfermedad, sino también; esperan lo mejor del médico en el ámbito emocional, espiritual y humano. Sin embargo, el médico inmerso en la búsqueda del mejor tratamiento o la mejor decisión para su paciente, se olvida de un aspecto vital cuya triste realidad se resume en esta frase: “El médico casi nunca se voltea para mirarse a sí mismo y preguntarse cómo está emocionalmente”. Ahora bien, ¿es esta omisión un defecto personal o más bien se trata de una estrategia de supervivencia insostenible debido a que los demás idolatran la invulnerabilidad médica?
De primera instancia parecería una omisión personal, pero hay múltiples factores involucrados, por ejemplo; no solo la sociedad sino también el propio sistema de salud, exige que el médico sea una figura de control absoluto, esto se conoce como el Mito del Semidiós. Por ende, cuestionarse cómo se siente uno mismo se percibe erróneamente como un signo de debilidad que podría poner en peligro la vida del paciente. Para poder seguir entrando al quirófano, dando malas noticias o viendo el sufrimiento día tras día, muchos profesionales levantan un muro emocional. Desconectarse de sus propias emociones (el casi nunca) se convierte en el mecanismo más rápido para evitar el burnout inmediato, aunque solo sirva para posponer un colapso emocional. “Con relación a nuestro propio comportamiento nos autoimponemos con frecuencia obligaciones imaginarias: Tengo que…, necesito…, debería…Muchos sienten por ejemplo la necesidad de complacer constantemente a los demás, y en consecuencia terminan postergando sus propios intereses. Asumen que deben alcanzar todos sus objetivos para no sentirse mal, o hacerlo todo perfecto para sentirse satisfechos. Al fijarse metas irrealistas se decepcionan con frecuencia, dando lugar a emociones negativas. (Vásquez, 2022, p.102)
En este sentido, ¿podría el exceso laboral y el ritmo de vida acelerada actuar como un tipo de anestesia? Al no haber tiempo para detenerse y reflexionar, el médico se olvida de "consentirse y apapacharse", dedicándolo todo a los demás como seres humanos y médicos. La prisa es el enemigo de la introspección y desde luego, cuando esta desconexión se prolonga, el médico corre el riesgo de caer en el cinismo profesional, el agotamiento crónico y, paradójicamente, una disminución de su capacidad empática a largo plazo.
Por consiguiente, la primera y más difícil tarea en el camino hacia el cuidado propio es el desarme, es decir; dejar el "Complejo de Atlas". Por costumbre profesional y presión social, el médico se autoimpone y se le impone la identidad del "Complejo de Atlas": la figura mitológica, invulnerable, que sostiene el peso del mundo (en este caso, la vida de otros) sobre sus hombros. Esta capa de invencibilidad, aunque útil en el fragor de la emergencia, es una armadura que lo aísla y lo agota en la rutina. Pero, ¿qué implicaría dejar de lado el complejo del Atlas? Es una cuestión que adquiere diferentes matices, por ejemplo, implica en primera instancia, reconocer la Finitud, en otras palabras; aceptar que existen límites ineludibles a su conocimiento, su energía y, lo más importante, a su control sobre la enfermedad y la muerte. Implica también, permitirse la Fragilidad, es decir; bajar la guardia y reconocer que, detrás de la bata blanca, existe una persona susceptible a la frustración, el error y la pena. Asimismo, implica redefinir la Fortaleza: La verdadera fortaleza no reside en negar la ayuda o el descanso, sino en la honestidad de saber cuándo se necesita.
Ahora bien, ¿Qué beneficios obtiene el médico al desvincularse por un momento del complejo del Atlas? Una vez que el "Atlas" se deja de lado, el médico puede encontrarse con su "Sanador Herido". Al efectuar esta validación de la herida como parte esencial del arte de sanar, se detona el proceso de rehumanización el cual ocurre cuando el médico examina sus cicatrices de forma deliberada, cicatrices acumuladas en el ejercicio de su profesión día tras día, tales como la frustración, es decir; las veces que la ciencia no fue suficiente. Los errores o los fallos técnicos o de juicio, aceptando que son parte del aprendizaje humano, o las pérdidas entendido este como el luto no procesado por los pacientes que se fueron, entre muchas otras experiencias personales, familiares, etc. que van generando heridas y cicatrices emocionales.
Al confrontar estas heridas, el médico se rehumaniza. De semidiós pasa a ser un ser humano con una vocación extraordinaria. Lo que una vez fue una fuente de culpa o vergüenza se transforma en una fuente de empatía radical y una conexión sagrada con el paciente, quien también está herido. Tras la desvinculación del Atlas y el reconocimiento de las grietas emocionales, el objetivo no es esconderlas o pretender que nunca existieron, sino integrarlas y convertirlas en algo valioso, tal como sucede con la técnica japonesa llamada Kintsugi (literalmente, "reparación con oro"). El kintsugi es una técnica japonesa de reparación de objetos de cerámica que resalta las fracturas uniéndolas con laca mezclada con oro, plata o platino, en lugar de ocultarlas. Esta práctica se ha convertido en una filosofía de vida que celebra la resiliencia, la belleza de las cicatrices y la aceptación de las imperfecciones como parte de la historia de un objeto o persona. En este sentido, la reflexión interna del médico debe ser un acto de “Kintsugi emocional”. En el contexto médico, esto significa: No esconder las grietas como el agotamiento físico y mental, el cinismo, la culpa por un resultado adverso, la frustración, impotencia, tristeza o decepción. No son fallos que deban ocultarse con una capa de falsa profesionalidad, más bien; se trata de reconocer las grietas que evidencian la lucha humana de alguien "enrolado en el ejército que lucha contra la muerte". A este respecto, “los estoicos sabían que al cambiar la forma en la que vemos los eventos externos cambiamos su impacto sobre nosotros. Recomendaba por ejemplo separar nuestros pensamientos de los elementos externos, evitando fusionarnos con ellos. Al mantener esta distancia cognitiva podemos evaluar todo con más objetividad y serenidad. No son las cosas las que nos perturban, sino nuestra opinión sobre ellas” (Vásquez, 2022,p.196)
Ahora bien, ¿Cómo se puede lograr esta reparación “Kintsugi emocional”? ¿Existe algún tipo de material que se pueda utilizar? Se puede utilizar el "oro del autoconocimiento” Este oro es la introspección activa, la validación de las emociones difíciles y la comprensión profunda de los propios límites. Cada vez que el médico se permite sentir y procesar una pérdida, está aplicando una capa de oro a su herida, fortaleciendo el vaso. ¿Cuál es el resultado de esta reparación dorada? Las heridas integradas se convierten en la fuente de una empatía más profunda y auténtica, en otras palabras; el médico que ha reconocido su propia fatiga y frustración es capaz de ver la fatiga y la frustración en los familiares de su paciente, no solo la patología. Por consiguiente, al haber examinado su propia vulnerabilidad (la del "Atlas" que falló), el médico ya no proyecta la necesidad de invencibilidad sobre el paciente, sino que lo encuentra en un plano más horizontal y humano. Esta empatía, nacida del sufrimiento compartido y procesado, es el componente clave de la conexión sagrada entre el sanador y el paciente. Por consiguiente, el médico se convierte en un guía más confiable, no porque sea perfecto, sino porque ha aprendido a honrar y a sanar sus propias imperfecciones.
Desde esta perspectiva, la introspección del médico converge en una verdad fundamental: el autocuidado no es un acto egoísta, sino el pilar de la ética profesional, de ahí el desafío de explorar el viejo adagio: Médico, cúrate a ti mismo. Por consiguiente, detenerse es, paradójicamente, el acto más ético de todos. Esta pausa no es un lujo que se gana al final del día, sino una necesidad impuesta por el peso constante de la vida ajena. Si la capacidad de empatía del médico es su herramienta más valiosa, debe ser afilada y mantenida, por lo tanto; el "Cuidado de Sí" se revela, en última instancia, como el prerrequisito fundamental para el "Cuidado del Otro". Sin lugar a dudas, es un hecho que no podemos dar lo que no tenemos, en otras palabras; si nuestro reservorio emocional está vacío, nuestra empatía es una cortesía superficial, no una conexión auténtica.
En conclusión, el camino hacia la sostenibilidad en la medicina no reside en la búsqueda de la perfección inalcanzable, sino en el coraje de la vulnerabilidad. Al liberar al médico del mito de Atlas y abrazar la sabiduría del Kintsugi, descubrimos que las cicatrices y los límites no disminuyen el poder de curar, sino que lo anclan en una empatía más verdadera. La vocación médica, con su noble lucha contra la muerte, se convierte entonces en un privilegio mutuo: el paciente recibe una atención íntegra, y el sanador se garantiza una vida profesional que no solo salva a otros, sino que también se salva a sí mismo.
Referencias
- Vázquez, M. (2022). Invicto: Logra más, sufre menos. Penguin Random House.
- Real Academia Nacional de Medicina, ed. (2012). Diccionario de términos médicos. Editorial Médica Panamericana. p. 1500. ISBN 978-84-9835-183-5.
- Nouwen, H. J. M. (1996). El Sanador Herido: Ministerios en un mundo de sufrimiento. PPC.
- García Uribe, J. C., & Espinal Espinal, L. A. (2023). Tensiones éticas, causas y consecuencias del síndrome de burnout en el personal de salud en tiempos de la Covid-19: una revisión y análisis desde la bioética. Revista Latinoamericana de Bioética, 23(1), 61–80.
- Seltzer, P. A. (2020). Kintsugi: The art of embracing your imperfections. Rockridge Press.
El Dr. Christian Jesús Hamilton Núñez es Médico Cirujano por la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Certificado por el Consejo Nacional de Medicina General, A.C. Maestría Internacional en Bioética en el centro de estudios de posgrado Euroinnova International Online Education. Member of the International Association of Bioethics (iab), Miembro numerario activo de la Academia Nacional Mexicana de Bioética. (ANMB), Vicepresidente del Capitulo Oaxaca de la Academia Nacional Mexicana de Bioética. (ANMB), Secretario del Comité Hospitalario de Bioética del Centro Ambulatorio Santa Fe y Secretario del Comité de Bioseguridad de la Red Osmo. Capacitación adicional con los siguientes diplomados: Fundamentos de Bioética en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV), Temas Prácticos de Bioética Facultad de Bioética. ANAHUAC, Ética, Bioética y Formación Humano. Cristiana Universidad Pontificia de México., Introducción a la Ética en Investigación en Seres Humanos. Programa de educación permanente en Bioética de la Red bioética UNESCO, Diplomado Especializado en Derecho Médico. Universidad Latina de Guerrero (ULAG), Derecho biomédico y bioética. Euroinnova Business School y La Aplicación de la Bioética en los servicios de Salud. Email: Hamiltoncj19@gmail.com
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