22 de junio 2026
Autor: Diego Aguirre-Villegas
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Introducción
La cardiología contemporánea ha conseguido avances terapéuticos relevantes, capaces de prolongar la supervivencia y modificar el curso natural de múltiples enfermedades cardiovasculares. No obstante, frente a pacientes con insuficiencia cardíaca avanzada, suele surgir una pregunta fundamental ¿hasta dónde tratar y cuándo comenzar verdaderamente a cuidar al paciente?
Desarrollo
Durante décadas, el enfoque de los cuidados paliativos han sido asociados casi exclusivamente con pacientes oncológicos o con escenarios terminales. No obstante, enfermedades cardiovasculares como lo es la insuficiencia cardíaca avanzada representan actualmente una de las principales causas de deterioro funcional, hospitalización recurrente y sufrimiento físico y emocional en la población adulta en nuestra población(1-3). En México, donde las enfermedades cardiovasculares continúan encabezando las principales causas de mortalidad, sin duda surge el debate sobre calidad de vida, dignidad humana y límites terapéuticos, adquieriendo una relevancia bioética cada vez mayor(4).
La cardiología actual dispone hoy de guías, herramientas diagnósticas y terapéuticas altamente sofisticadas como dispositivos de asistencia ventricular, desfibriladores implantables, terapias farmacológicas avanzadas e intervenciones estructurales capaces de modificar significativamente el pronóstico. No obstante, el progreso tecnológico también ha traído consigo nuevos dilemas éticos donde la posibilidad de intervenir no siempre implica necesariamente la obligación moral de hacerlo en todos los escenarios (3,5,6).
En muchos pacientes con insuficiencia cardíaca avanzada persisten síntomas incapacitantes como disnea, fatiga, ansiedad, dolor y deterioro progresivo de la autonomía, incluso bajo un adecuado manejo médico y tratamiento basado en guías. Se ha demostrado que la carga sintomática y el impacto sobre la calidad de vida en estos pacientes pueden ser comparables a los observados en enfermedades oncológicas avanzadas, lo que justifica la incorporación temprana de estrategias paliativas dentro de un manejo integral del paciente (1,6,7). Bajo este contexto, los cuidados paliativos no representan un abandono terapéutico, sino una modalidad complementaria de atención centrada en la persona orientada a aliviar el sufrimiento y mejorar la calidad de vida mediante la identificación y el abordaje de necesidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales tanto del paciente como de toda su familia (1,6). Este enfoque a su vez, promueve la toma compartida de decisiones, la planificación anticipada de cuidados y la adecuación de intervenciones terapéuticas de acuerdo con los valores y objetivos individuales de cada paciente (1,6,7).
Desde la bioética, la integración de los cuidados paliativos en cardiología supone reconocer y aplicar principios fundamentales como la beneficencia, la no maleficencia y la autonomía. En pacientes con enfermedad cardiovascular avanzada, la prolongación de la vida mediante intervenciones cada vez más invasivas se ha observado que no siempre se traduce en un beneficio clínicamente significativo y, en determinadas circunstancias, puede incrementar la severidad de síntomas, el sufrimiento y a su vez la pérdida de calidad de vida (1,6,8). Esta realidad obliga a reflexionar sobre el concepto de encarnizamiento terapéutico o utilidad médica, entendido como la utilización de medidas diagnósticas o terapéuticas desproporcionadas cuando la probabilidad de alcanzar objetivos relevantes para el paciente es mínima o prácticamente inexistente (8,9).
De igual manera, el principio de autonomía adquiere una relevancia central en el cuidado de las personas con insuficiencia cardíaca avanzada, donde se ha observado que muchos pacientes desconocen el pronóstico real de su enfermedad o no participan oportunamente en conversaciones relacionadas con sus objetivos terapéuticos, preferencias al final de la vida y planificación anticipada de cuidados (2,5,6). En este sentido, la medicina paliativa promueve espacios de comunicación abierta, honesta y compasiva, favoreciendo la toma de decisiones compartidas y permitiendo que los tratamientos se alineen con los valores, deseos y prioridades de cada individuo y su familia (2,6).
Por otra parte, resulta fundamental comprender que el sufrimiento asociado a la enfermedad cardiovascular avanzada trasciende la dimensión física. Además de síntomas como disnea, dolor o fatiga, estos pacientes experimentan con frecuencia ansiedad, depresión, incertidumbre sobre el futuro, pérdida de independencia funcional y una importante carga emocional, familiar, social y económica (6,10). Este fenómeno ha sido descrito como “sufrimiento total”, concepto ampliamente reconocido en medicina paliativa y que requiere un abordaje multidimensional (10,11).
En este contexto, la integración temprana de los cuidados paliativos dentro del manejo cardiovascular ofrece un modelo de atención centrado en la persona, orientado no solo al control sintomático, sino también al acompañamiento emocional, el apoyo a las familias, la atención psicológica y cuando el paciente lo desea, el apoyo espiritual. De esta manera, los cuidados paliativos complementan el tratamiento cardiológico convencional y contribuyen a mejorar la calidad de vida, la satisfacción con la atención recibida y la concordancia entre las decisiones médicas y los objetivos personales de cada persona (2,6,8,10).
Se estima que un 6.3 de las muertes en Latinoamérica se asocian directamente con la insuficiencia cardiaca, por ello actualmente uno de los principales retos en la atención de estos pacientes, consiste en identificar oportunamente a aquellos que podrían beneficiarse de un enfoque paliativo; ya que a diferencia de muchas neoplasias malignas, cuya trayectoria clínica suele presentar una fase terminal relativamente predecible, la insuficiencia cardíaca se caracteriza por una evolución fluctuante y difícil de anticipar o predecir, marcada por periodos de estabilidad clínica intercalados con episodios de descompensación aguda que pueden llegar a comprometer la vida del paciente (5,6,12,13).
Esta incertidumbre pronóstica contribuye a que los cuidados paliativos sean incorporados con frecuencia en etapas muy avanzadas de la enfermedad de forma paralela al tratamiento médico, limitando las oportunidades para optimizar el control de síntomas, la planificación anticipada de cuidados y el acompañamiento integral del paciente y su familia, siendo este enfoque respaldado por la evidencia actual (2,6,7,12).
Bajo este contexto, la medicina contemporánea enfrenta el desafío de armonizar los extraordinarios avances tecnológicos con los principios fundamentales del cuidado humano, ya que la disponibilidad de una intervención no implica necesariamente la obligación ética de emplearla en todos los casos. Por ello, resulta indispensable recordar que el propósito de la medicina no consiste únicamente en prolongar la supervivencia biológica, sino también en aliviar el sufrimiento, preservar la dignidad y promover la mejor calidad de vida posible para cada paciente (2,6,14).
Bajo esta perspectiva, los cuidados paliativos representan una extensión natural de la atención cardiovascular integral, donde lejos de oponerse a los tratamientos dirigidos a modificar la enfermedad, los complementan mediante un enfoque centrado en las necesidades y preferencias de la persona, contribuyendo a una práctica médica más humana, ética y acorde con los valores fundamentales de la profesión (2,5,6,7).
Conclusiones
La integración de los cuidados paliativos en cardiología constituye hoy una necesidad clínica, ética y humana. El reconocer que existen pacientes cuya enfermedad continuará progresando a pesar de los avances terapéuticos disponibles no representa un fracaso en la medicina, sino una oportunidad para redefinir los objetivos del cuidado y orientar la atención hacia aquello que resulta verdaderamente significativo para la persona y su calidad de vida (2,6,7).
La bioética proporciona herramientas fundamentales para reflexionar sobre la proporcionalidad terapéutica, la autonomía del paciente, la beneficencia, la no maleficencia y el respeto a la dignidad humana en escenarios de enfermedad avanzada (8). Desde esta perspectiva, los cuidados paliativos complementan e integran el tratamiento cardiovascular convencional, promoviendo el alivio del sufrimiento y la toma de decisiones compartidas de acuerdo con los valores y preferencias de cada paciente (2,6,7).
La medicina contemporánea enfrenta constantemente el riesgo de asociar el éxito clínico exclusivamente con la incorporación de nuevas tecnologías o con la prolongación de la supervivencia. Sin embargo, la evidencia y los principios éticos coinciden en que extender la vida sin considerar el sufrimiento, la funcionalidad, la calidad de vida o los deseos del paciente puede alejar la práctica médica de su propósito fundamental que es el cuidar integralmente al ser humano (2,7,8,11).
En cardiología, donde la innovación tecnológica continúa transformando el pronóstico de múltiples enfermedades, resulta indispensable mantener una visión humanista capaz de equilibrar ciencia, ética y compasión. Cuidar también significa acompañar, aliviar síntomas, comunicar con honestidad, respetar la autonomía y reconocer los límites de la medicina cuando sea necesario, ya que más que decidir entre tratar o no tratar, el verdadero desafío consiste en determinar cómo tratar de manera ética, proporcional y centrada en la dignidad de la persona humana (2,6,7,8,11).
Referencias
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Diego Aguirre Villegas es fundador y presidente del Capítulo Universitario del Colegio Americano de Cardiología (ACC) en la Universidad Anáhuac México, así como presidente del Comité Regulador de los Grupos de Interés de Especialidades Médicas. Actualmente cursa la Licenciatura en Médico Cirujano y participa en diversos proyectos académicos y de investigación enfocados en cardiología clínica, prevención cardiovascular y formación estudiantil.
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Centro Anáhuac de Desarrollo Estratégico en Bioética (CADEBI)
Dr. Alejandro Sánchez Guerrero
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