13 de enero de 2026
Autor: Ana Corina Ballout Hernández
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Introducción
La miopía infantil está creciendo a una velocidad que obliga a mirar más allá del consultorio. No es solo un tema de lentes, es un efecto visible del estilo de vida escolar, urbano y digital. Si queremos proteger la salud visual futura, necesitamos prevención práctica y corresponsabilidad entre familias, escuelas y políticas públicas.
Desarrollo
¿Qué está en juego cuando un niño se vuelve miope?
La miopía es la dificultad para ver con claridad de lejos y suele asociarse con un crecimiento excesivo del globo ocular. Cuando progresa a miopía alta, aumenta el riesgo de complicaciones como catarata, glaucoma, desprendimiento de retina y daño macular, con potencial pérdida visual en la adultez (Grzybowski et al., 2020; Liang et al., 2025). En términos sencillos: no es solo “usar lentes”, es reducir el riesgo de enfermedad ocular futura.
¿Por qué parece estar aumentando tan rápido?
La miopía infantil parece estar aumentando con rapidez por una combinación de tendencia global y cambios en el estilo de vida. La evidencia más reciente sugiere que cerca de un tercio de los niños y adolescentes ya viven con miopía, y que la prevalencia mundial ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas. En una síntesis amplia, Liang y colaboradores (2025) reportan que la prevalencia combinada pasó de un 24.32% entre 1990–2000 a un 35.81% entre 2020–2023, con proyecciones de una carga aún mayor hacia 2050. Aunque la predisposición genética y la historia familiar influyen, la velocidad y magnitud de este aumento apuntan a un papel decisivo de factores ambientales y conductuales, como el incremento del trabajo visual cercano y la reducción del tiempo al aire libre (Grzybowski et al., 2020; Liang et al., 2025).
¿Son las pantallas el villano principal?
Las pantallas no actúan solas, pero sí forman parte del problema. Un metaanálisis con análisis de dosis-respuesta encontró que cada hora extra diaria de pantalla se asocia con 21% más probabilidades de miopía (Ha et al., 2025). El aumento del riesgo se volvió más claro cuando el tiempo de pantalla rebasó una hora al día, y la relación fue más fuerte entre una y cuatro horas diarias. De forma consistente, Zong et al. (2024) también reportaron una asociación general entre tiempo de pantalla y miopía en niños y adolescentes.
Aun así, reducir el tema a “pantallas sí/pantallas no” sería quedarnos cortos. La evidencia sugiere que el problema de fondo es el exceso de trabajo visual cercano sin pausas, como tareas escolares largas, lectura prolongada, uso de computadoras y entretenimiento digital que termina quitando tiempo al aire libre (Iyer et al., 2025). Esto pesa más en contextos urbanos y académicamente demandantes, donde los niños pasan la mayor parte del día en espacios cerrados.
La pregunta bioética entonces cambia: ¿le estamos pidiendo a las familias que resuelvan solas un riesgo que también se produce en la escuela y en la ciudad?
¿Existe un “límite razonable” para el día a día?
La evidencia aún no permite establecer una regla única para todas las familias, pero sí ofrece una orientación práctica. En general, menos tiempo de pantalla en edades tempranas, evitar periodos largos sin pausas y equilibrar lo digital con actividades físicas y sociales puede ayudar a reducir el riesgo acumulado de miopía (Ha et al., 2025; Iyer et al., 2025). En línea con esto, algunas recomendaciones de salud pública sugieren pausas cortas y frecuentes durante el trabajo cercano; una pauta sencilla es mirar a lo lejos unos 20 segundos cada 20 minutos (Iyer et al., 2025).
¿Qué podemos hacer que sea realista y equitativo?
La intervención más sólida y fácil de implementar es aumentar el tiempo al aire libre. Un metaanálisis de ensayos clínicos aleatorizados encontró que más exposición exterior reduce la incidencia de miopía y también disminuye signos de progresión, como el alargamiento axial del ojo (Mei et al., 2024). Por eso, varias revisiones y editoriales coinciden en que apuntar a alrededor de dos horas diarias al aire libre es una meta preventiva razonable para la infancia (Iyer et al., 2025; Mei et al., 2024).
Y no se trata solo de “más sol”. La luz exterior intensa se asocia con señales en la retina que frenan el crecimiento excesivo del ojo, mientras que los ambientes interiores ofrecen menos intensidad luminosa y facilitan más tiempo de trabajo cercano continuo (Grzybowski et al., 2020).
Micro-acciones en casa
Priorizar juego al aire libre después de la escuela.
Hacer pausas frecuentes durante tareas de cerca.
Cuidar buena iluminación y distancia adecuada de lectura.
Reservar pantallas recreativas para tiempos acotados.
Alternar estudio digital con actividades físicas.
Micro-acciones en la escuela
Proteger recreos más largos y activos al aire libre.
Reforzar higiene visual básica en aula (pausas y distancia).
Evitar que toda tarea dependa de pantallas.
Mantener aulas con iluminación adecuada.
Capacitar a docentes para identificar señales tempranas de fatiga visual.
Micro-acciones en la ciudad
Promover parques cercanos, accesibles y seguros.
Impulsar programas comunitarios de juego y deporte infantil.
Diseñar entornos urbanos que faciliten estar afuera.
Estos niveles importan porque la prevención no puede recaer solo en decisiones individuales. Pedir “menos pantalla” sin ofrecer alternativas reales, pueden volver la recomendación injusta y difícil de cumplir para familias que viven en contextos con menos recursos.
¿Y el tratamiento médico?
En niños con progresión rápida o con alto riesgo familiar, el tratamiento clínico puede ser un buen complemento de la prevención diaria. La atropina tópica ha mostrado evidencia favorable para frenar la progresión en casos seleccionados y con seguimiento especializado (Li et al., 2024). También existen lentes para control de miopía y, en situaciones indicadas, ortoqueratología. Estas opciones deben individualizarse y no sustituyen las medidas de base: más tiempo al aire libre y menos trabajo cercano continuo (Grzybowski et al., 2020; Mei et al., 2024).
Conclusiones
La miopía infantil es un reto de salud pública y un dilema bioético actual porque refleja decisiones colectivas sobre cómo educamos, cómo diseñamos nuestras ciudades y cómo usamos la tecnología. La evidencia indica que el aumento de las últimas décadas no se explica solo por genética: el tiempo de pantalla y, sobre todo, el exceso de trabajo visual cercano sin pausas parece contribuir de manera importante al riesgo (Ha et al., 2025; Iyer et al., 2025; Liang et al., 2025).
La respuesta más ética y efectiva combina cambios cotidianos con decisiones de entorno. En casa, se trata de equilibrar el uso de pantallas con hábitos simples de higiene visual y más tiempo al aire libre. En la escuela, es clave proteger recreos amplios y evitar rutinas que conviertan el trabajo de cerca en una jornada continua sin pausas. Y en la ciudad, contar con espacios seguros para el juego exterior; que lejos de ser un lujo, es una necesidad preventiva con impacto real en la salud visual y en el bienestar social (Mei et al., 2024).
También debemos cuidar el lenguaje público con el que abordamos el problema. La narrativa de “padres irresponsables” o “niños adictos a la pantalla” no ayuda cuando el contexto escolar, urbano y tecnológico empuja a pasar horas bajo techo. En lugar de culpabilizar, la conversación debe subrayar la corresponsabilidad: familias, escuelas, clubes deportivos, autoridades locales y profesionales de la salud aportan piezas distintas del mismo rompecabezas.
La infancia digital llegó para quedarse. La pregunta no es si debemos usar tecnología, sino cómo asegurar que su uso no comprometa el desarrollo visual. Si logramos integrar límites razonables de exposición, descansos consistentes y un mínimo cotidiano de vida al exterior, podremos contener la tendencia y hacer de la prevención un acto de cuidado colectivo.
Referencias (APA 7)
Grzybowski, A., Kanclerz, P., Tsubota, K., Lanca, C., & Saw, S.-M. (2020). A review on the epidemiology of myopia in school children worldwide. BMC Ophthalmology, 20, 27.
Ha, A., Lee, Y. J., Lee, M., Shim, S. R., & Kim, Y. K. (2025). Digital screen time and myopia: A systematic review and dose-response meta-analysis. JAMA Network Open, 8(2), e2460026. I
yer, V., Martin, D., & Reijneveld, S. A. (2025). Myopia and screen time in children: Epidemic proportions. European Journal of Public Health, 35(5), 809–810.
Li, Y., Yip, M., Ning, Y., et al. (2024). Topical atropine for childhood myopia control: The Atropine Treatment Long-Term Assessment Study. JAMA Ophthalmology, 142(1), 15–23.
Liang, J., Pu, Y., Chen, J., et al. (2025). Global prevalence, trend and projection of myopia in children and adolescents from 1990 to 2050: A comprehensive systematic review and meta-analysis. British Journal of Ophthalmology, 109, 362–371.
Mei, Z., Zhang, Y., Jiang, W., Lam, C., Luo, S., Cai, C., & Luo, S. (2024). Efficacy of outdoor interventions for myopia in children and adolescents: A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Frontiers in Public Health, 12, 1452567.
Zong, Z., Zhang, Y., Qiao, J., Tian, Y., & Xu, S. (2024). The association between screen time exposure and myopia in children and adolescents: A meta-analysis. BMC Public Health, 24, 1625.
Ana Corina Ballout Hernández es egresada de Medicina de la Universidad Anáhuac México Campus Norte, con un interés particular en la oftalmología y la bioética médica. Actualmente realiza su servicio social en el CADEBI, donde participa activamente en todos los proyectos que integran la ética clínica con iniciativas académicas y de salud pública. Su meta a largo plazo es especializarse en oftalmología y posteriormente subespecializarse en cámara anterior del ojo. Este artículo fue asistido en su redacción por el uso de ChatGPT, una herramienta de inteligencia artificial desarrollada por OpenAI.
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