Mediar para fortalecer: el rol del abogado familiar
En el ejercicio profesional del Derecho de familia, el divorcio suele percibirse como un punto final. Sin embargo, desde una visión jurídica y humana más amplia, representa también una oportunidad: la de reordenar vínculos, proteger a los integrantes más vulnerables y preservar la funcionalidad de la familia, aun cuando el vínculo conyugal termine. Mediar, más que litigar, es hoy una responsabilidad ética del abogado familiar.
A lo largo de más de doce años de experiencia que he dedicado al estudio y la práctica de los temas de familia, he constatado que los procesos judiciales profundizan el conflicto, encarecen el procedimiento y, sobre todo los más afectados, los menores, quienes resienten la ruptura como una pelea que los obliga a tomar partido. En contraste, la mediación jurídica permite redireccionar el desacuerdo hacia acuerdos duraderos, centrados en la corresponsabilidad parental y el bienestar integral de la familia también desde un enfoque psicológico hacia un futuro.
Los datos respaldan esta necesidad. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en México los divorcios han mostrado una tendencia creciente en las últimas décadas, mientras que una proporción significativa de estos procesos involucra a parejas con hijas e hijos menores de edad. Las estadísticas también evidencian que los divorcios altamente conflictivos se asocian con mayores afectaciones emocionales y escolares en los menores. Estos números no son fríos: representan historias familiares que reclaman soluciones jurídicas con enfoque humano.
Desde el aula y la práctica profesional, he sostenido que el abogado familiar no está llamado a disolver familias, sino a fortalecerlas como base de la sociedad. Esto implica cambiar la lógica del “ganar-perder” por una de responsabilidad compartida, donde el profesional del derecho actúa como facilitador de acuerdos. La mediación, reconocida en criterios judiciales y en marcos normativos locales y federales, se consolida como un medio idóneo para alcanzar convenios que privilegien el interés superior de la niñez, la equidad entre las partes y la estabilidad futura. Existen diversos países que incluso ponen a la mediación como un medio obligatorio previo a cualquier conflicto judicial.
Esta visión se alinea con la propuesta académica e institucional de la Universidad Anáhuac, que impulsa una formación jurídica con sentido social, centrada en la dignidad de la persona y la construcción del bien común. Somos de las pocas Facultades de Derecho que tenemos en nuestro plan académico la materia de Derecho de Familia como materia independiente, ya que es nuestro interés que nuestros estudiantes desde el aula entiendan la importancia de la Familia, mostrando la responsabilidad que implica y con valores.
Mediar no significa renunciar a la defensa de los derechos de nuestro cliente; significa defenderlos con inteligencia emocional, visión de largo plazo y responsabilidad social. Implica escuchar, traducir intereses, anticipar escenarios y construir soluciones que resistan el paso del tiempo. La experiencia demuestra que los acuerdos logrados mediante mediación se cumplen con mayor frecuencia y reducen la reincidencia del conflicto.
En conclusión, el divorcio no debe ser sinónimo de una ruptura familiar, sino de transformación responsable. Como abogados y académicos del Derecho de familia, estamos llamados a liderar este cambio de paradigma: poner a la familia en el centro, mediar con profesionalismo, tener sentido humano y contribuir a una cultura jurídica que sane, en lugar de profundizar las heridas. La reflexión es clara: cuando mediamos, no solo resolvemos un caso; protegemos el futuro de una familia y construimos una mejor sociedad.
Por el Mtro. José Francisco de la Fuente Flores
Docente de la Escuela de Derecho