Los Reyes Magos, ejemplo de fe, humildad y caridad
La llegada de los Reyes magos es ocasión de felicidad para los niños, pero también una oportunidad para imitar los valores de esos tres sabios quienes renunciaron a todos por caminar hacia la verdad.
Durante los primeros días de enero, en cada hogar cristiano se espera con ilusión la visita de los Reyes Magos. Los niños saben que con su llegada vienen también los regalos que por carta les solicitaron, razón suficiente para portarse bien y prepararles una cálida bienvenida a ellos y a los animales que los acompañan. El origen de la Epifanía o fiesta de los Reyes Magos tiene su fundamento en el Evangelio de San Mateo, el único que menciona a “unos sabios venidos de Oriente que, guiados por una estrella, llegaron a Belén para adorar al niño Jesús”. Aunque el texto bíblico no especifica cuántos eran, cómo se llamaban ni de dónde venían exactamente, la tradición cristiana fue configurando una imagen más clara a lo largo de los siglos, de modo que para el siglo VI, a principios de la Edad Media, ya se conocían sus nombres, tomados de textos tradicionales, aunque no canónicos.
Al frente venía Melchor, un anciano europeo montando un caballo. Le seguía Gaspar sobre un camello desde el Medio Oriente y finalmente Baltasar, proveniente de África, en un elefante. La iconografía medieval asoció así la Epifanía con la universalidad del mensaje cristiano y con los únicos tres continentes conocidos por entonces. Toda nación y todo rey reconocen en Jesús al Salvador.
Los reyes traían cada uno un regalo al niño Jesús. El oro, signo de la realeza, se sumó al incienso que hasta hoy representa una ofrenda sagrada, mientras que la mirra, un perfume utilizado para ungir a los difuntos, anticipaba el misterio pascual. Desde la perspectiva cristiana, los Reyes simbolizan la obediencia y la humildad, pues a pesar de ser hombres poderosos o reconocidos se inclinaron sin reservas ante un niño recién nacido, reconociendo en él la presencia de la Divinidad. Su gesto de adoración es una enseñanza permanente, pues el verdadero camino espiritual inicia cuando se acepta que la grandeza divina se revela a menudo en la sencillez.
Con el paso del tiempo, la tradición adquirió un carácter festivo y familiar. En diversos países, especialmente en España y México, la costumbre de esperarlos la noche del 5 de enero no solo refuerza la ilusión infantil, sino que recuerda a los adultos la importancia de la responsabilidad moral, ya que cada acción tiene consecuencias y cultivar la virtud es una tarea diaria que debe observarse siempre.
En la imaginación popular, los Reyes poseen una dimensión mágica. Existe la creencia de que pueden verlo todo, saben quién merece recompensa y tienen la capacidad de recorrer el mundo entero en una sola noche. Se dice que son invisibles o inmateriales cuando lo desean, que viajan guiados por una estrella eterna y que su sabiduría les permite entrar sigilosamente en cada hogar sin ser descubiertos. En el fondo, esta magia es una forma de hablar con los niños sobre la providencia divina, que acompaña, guía y observa con amor, especialmente a los más pequeños.
Con el tiempo, justo al final de la Edad Media, el planeta se amplió súbitamente con la aparición de nuevas tierras y continentes en el horizonte. La geografía trinitaria no pudo sostenerse más y no faltó quién se preguntara sobre la injusta ausencia de las tierras aún desconocidas. Fue así como en 1895, nacido de la pluma del escritor estadounidense Henry van Dyke, hizo su aparición Artabán, un rey persa que nunca llegó a encontrarse con sus pares y con Jesús porque interrumpió su camino para ayudar a enfermos, pobres y perseguidos. La tradición de los tres reyes originales no se alteró, pero Artabán permaneció como un símbolo de la caridad y la compasión cristiana. Aunque no alcanzó su destino, descubrió en el camino que cada acto de misericordia era, en realidad, una forma de adoración a Jesús.
Hoy, la fiesta de los Reyes Magos continúa siendo un momento privilegiado para celebrar valores esenciales del cristianismo: la humildad que mostró la Sagrada Familia, la obediencia de los magos ante el llamado divino y la caridad que inspira a compartir con los demás. Más allá de los regalos y la emoción infantil, la Epifanía invita a mirar la vida con esperanza, a reconocer la luz que guía nuestros pasos y a renovar el compromiso de llevar esa luz a quienes más lo necesitan. Así, cada 6 de enero no solo recordamos a Melchor, Gaspar y Baltasar; recordamos también que, como ellos, estamos llamados a buscar a Dios con sinceridad, a dejarnos conducir por su estrella y a ofrecerle lo mejor de nosotros mismos.
Más información:
Dr. Alberto Peralta de Legarreta
alberto.peralta@anahuac.mx
Facultad de Turismo y Gastronomía