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¿Qué hace auténtica a una comunidad universitaria?



¿Qué hace auténtica a una comunidad universitaria?

La Mtra. María Eugenia Cárdenas, directora del Instituto de la Mujer Anáhuac, propone siete coordenadas que llaman al análisis sobre los principios que rigen a la comunidad universitaria, más allá de solo una institución eficiente.

Ingresar a una universidad no garantiza entrar en una comunidad. Uno puede recorrer pasillos, cumplir créditos, entregar trabajos, asistir a juntas, y aun así no experimentar nunca un “nosotros”. Solo un conjunto de trayectorias individuales que coinciden en el espacio… y poco más. La pregunta, entonces, no es administrativa, sino humana: ¿Qué convierte a una universidad en una auténtica comunidad y no solo en una institución eficiente? Propongo pensarlo desde siete coordenadas. No como receta técnica, pues las comunidades no se fabrican, sino como condiciones que hay que cuidar, como se cuida un fuego: con atención, tiempo y humildad.

1. Un propósito compartido que no se agota en el éxito

Una comunidad universitaria nace cuando existe una búsqueda común que va más allá del rendimiento individual. No basta con que cada quien persiga “su proyecto”. Tiene que haber algo que nos convoque juntos: la verdad, el sentido, la comprensión más profunda de la realidad, el bien. Aquí sigue siendo sorprendentemente actual John Henry Newman, al señalar que: la universidad no es solo, transmisión de saberes útiles, sino un lugar donde la inteligencia se ensancha, aprende a relacionar, a juzgar, a pensar con amplitud. Los alumnos vienen por un título profesional, es cierto, pero no es suficiente. La universidad es tiempo de pensar, es tiempo de preguntas, es tiempo de amistad. Cuando el horizonte se reduce a métricas, rankings o empleabilidad inmediata, la comunidad se adelgaza. Funciona, sí, pero ya no forma. Como Tomás Baviera expresaba: pensar es mucho más que acumular datos; es saber preguntar y preguntarse, y saber dar respuestas consistentes a esas preguntas. La universidad no es un supermercado de ideas. Buscamos las mejores ideas con curiosidad, diálogo, pensamiento crítico, valoración ética y apertura a la trascendencia.

2. Relaciones personales reales, no solo funcionales

Las comunidades no se sostienen con organigramas, sino con rostros. La persona al centro no puede ser un slogan, sino una constante invitación al encuentro. Una universidad empieza a ser comunidad cuando los profesores conocen a sus alumnos más allá de la lista; los alumnos se reconocen entre sí como compañeros de camino; las autoridades no solo gestionan, sino escuchan. Sin relaciones personales, la universidad se parece más a un aeropuerto académico: todos pasan, nadie habita. “Una persona no es un ‘perfil de competencias’, no se reduce a un algoritmo predecible, sino que es un rostro, una historia, una vocación” (León XIV). 

Hoy parece que lo común es la descomposición de las relaciones, familias frágiles, amistades fugaces, “encuentros” de avatares más que de personas reales. Tenemos el desafío de nadar contracorriente, de seguir apostando por el amor en tiempos incrédulos. La comunidad se convierte así en una minoría creativa, una amistad que se desborda.

Siguiendo la línea de José Noriega en su artículo “¿Por qué es creativa una minoría? La creatividad de la comunión”, vale la pena preguntarse: ¿Es la comunidad o es el individuo el que crea, el que transforma? Noriega nos recuerda que Benito de Nurcia fue maravilloso, creativo, fecundo, pero “no se puede comprender aislado” (p.21). Sabemos de él porque logró entusiasmar a hombres y mujeres que formaron un movimiento religioso y cultural en Europa que cambió la historia. Nos presenta a Beethoven, quien no se quedó con la Novena Sinfonía en su corazón, nos la compartió gracias a la orquesta sinfónica de Viena. La Madre Teresa no solo tuvo una iniciativa genial, sino que llegó a miles de enfermos y abandonados gracias a la comunidad de las Hermanas de la Caridad. Su fuerza no está en su individualidad, sino en su relación. Es la relación la que es creativa.

3. Tiempo y espacios para la conversación gratuita

No hay comunidad universitaria sin conversación que no tenga un “para qué” inmediato. Conversar por el gusto de pensar juntos. Leer sin que sea solo para el examen. Discutir sin convertir el desacuerdo en amenaza. Aquí resulta clave la intuición de Alasdair MacIntyre, quien precisó que: las comunidades se sostienen por prácticas compartidas, no solo por normas. Y la conversación intelectual es una de las prácticas universitarias por excelencia. Cuando todo está saturado de urgencia, la comunidad se queda sin oxígeno. Es indispensable un ambiente de confianza que permita el diálogo, la escucha, la propuesta. Estar dispuestos a conocer y a dejarse conocer. Aprender a caminar juntos en la diversidad de dones y talentos. Las funciones son reemplazables, las personas no. La universidad no es para francotiradores, por mejores que sean en su área de expertise, se necesita saber construir comunidad.

4. Tradición viva: ni museo ni moda

Una auténtica comunidad universitaria sabe de dónde viene y por qué existe. No repite el pasado como museo, pero tampoco lo cancela como estorbo. Lo discierne, lo traduce, lo pone en diálogo con los desafíos actuales. Una universidad sin memoria queda a merced de la última moda intelectual. Una universidad sin memoria pierde toda identidad y queda desorientada y voluble. Una con tradición viva puede dialogar con todo sin perderse. El mapa no es el territorio, cada persona interpretará y vivirá este camino de manera única. El Papa León XIV nos invita a diseñar nuevos mapas de esperanza, educación intelectualmente responsable y rigurosa como profundamente humana. A hombros de gigantes, recibimos conocimiento, y con creatividad, decisión y valor se enfrentan los retos actuales y se forma en y para la libertad. “La educación no es solo transmisión de contenidos, sino aprendizaje de virtudes” (5.1 León XIV). El Papa Francisco invitaba a los jóvenes en Lisboa: “sean protagonistas de una nueva coreografía que ponga en el centro a la persona humana; sean coreógrafos de la danza de la vida”. Docencia, investigación y transmisión de la cultura sin perder identidad ni rebajar la misión.

5. Diversidad que busca comprensión, no trincheras

La pluralidad es constitutiva de la universidad, pero no toda diversidad genera comunidad. La diferencia enriquece cuando existe un acuerdo mínimo: vale la pena escucharnos porque estamos buscando algo verdadero juntos. Cuando la diversidad se vive como guerra cultural, la comunidad se fragmenta. Cuando se niega, se empobrece. La universidad está llamada a ser escuela de conversación difícil, no de unanimidad cómoda ni de polarización permanente. La duda no se prohíbe, las preguntas no se silencian, Cor ad cor loquitur (el corazón le habla al corazón, lema cardenalicio de John Henry Newman). No es romanticismo, no es renunciar al pensamiento crítico, es apertura que reconoce al otro como una persona digna, merecedora de respeto y atención. Comprender no es justificar. Es necesario identificar y superar los reduccionismos, atreverse al diálogo interdisciplinario, en especial con la filosofía y la fe.

Una comunidad universitaria no puede resignarse a la estandarización del conocimiento, la visión y la vocación, la interpelan a responder con profundidad, creatividad y responsabilidad a los tiempos actuales. La política de cancelación que se vive en muchos entornos es un verdadero cáncer para la comunidad universitaria. Nunca la eliminación del otro, el silenciamiento, será camino de fecundidad.

6. Autoridad entendida como servicio al crecimiento

En una comunidad universitaria auténtica, la autoridad no aplasta, orienta; no se impone, acompaña; no controla obsesivamente, confía y exige. La autoridad formativa no es la que tiene todas las respuestas, sino la que ayuda a crecer, a pensar mejor, a hacerse responsable de la propia libertad. Sin esta autoridad, la universidad se vuelve paternalista… o cínica. ¿Cuál es la fecundidad a la que esta llamada una comunidad universitaria? Si bien los números son necesarios, no son suficientes, la respuesta no es una mera cuestión cuantitativa ni de eficacia. La visión de las autoridades no es un lujo, es un bien imprescindible con consecuencias muy relevantes. Ser director de orquesta, lograr la unidad en la diversidad o despertar posibilidades en los colaboradores es un desafío cada día más complejo. La autoridad puede ser un gran facilitador de comunidades o un exterminador veloz.

7. Una experiencia compartida de sentido

Finalmente, hay comunidad cuando quienes pasan por la universidad pueden decir, aunque sea años después, algo como esto: “aquí no solo aprendí contenidos; aquí me hice preguntas importantes. Preguntas sobre quién soy. Sobre qué vale la pena. Sobre qué tipo de profesional y de persona quiero ser”. Cuando la universidad toca el sentido, deja huella. Cuando no, se olvida rápido.

Para cerrar, una pregunta incómoda

¿Nuestra universidad es un lugar donde coexistimos eficazmente o un lugar donde aprendemos a pensar y vivir juntos? Porque la diferencia entre institución y comunidad no está en los edificios ni en los planes estratégicos, sino en la calidad humana de lo que ahí se comparte, y esa calidad no se decreta, se cultiva.

Referencias:

  • Granados, L. & de Ribera, I. (coords.) Minorías creativas: El fermento del cristianismo. Cap. 1 ¿Por qué es creativa una minoría? La creatividad de la comunión. Didaskalos / Universidad Anáhuac.
  • León XIV. (2025, 27 de octubre). Diseñar nuevos mapas de esperanza. Carta apostólica con ocasión del LX aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis. Libreria Editrice Vaticana.  
  • MacIntyre, A. (1984). After virtue: A study in moral theory. University of Notre Dame Press.
  • Newman, J. H. (1996). The idea of a university. Yale University Press. (Obra original publicada en 1852)
     

Más información:
Mtra. María Eugenia Cárdenas Cisneros
eugenia.cardenas@anahuac.mx
Instituto de la Mujer Anáhuac