Pasar al contenido principal

La vida se nos pasa esperando… ¿Cómo esperar bien?



 humanism Liderazgo Anáhuac en Humanismo

La Mtra. María Eugenia Cárdenas reflexiona sobre la espera desde diferentes posturas, como una experiencia constitutiva de la vida humana, basándose en los puntos de vista de diversos autores.

Robert Barron asegura que: “La vida se nos va en esperas. Semáforos, filas, minutos que se alargan, horas suspendidas y días que no terminan de arrancar. Aunque no nos guste esperar, no hay escapatoria: no podemos zafarnos de la espera”.

Y sin duda, tiene razón: esperamos resultados médicos, calificaciones, un café en Starbucks, un viaje, que llegue un amigo, la siguiente temporada de esa serie que nos dejó en suspenso, que avance un proyecto en el trabajo, en el aeropuerto, respuestas, ascensos, llamadas, nueve meses en un embarazo, que los hijos regresen a casa, un mensaje, etcétera.

Si lo pensamos con detenimiento, gran parte de nuestra biografía no está hecha de grandes eventos, sino de intervalos, como menciona Bishop Barron: “La pregunta no es si vamos a esperar, sino cómo esperamos”.

Podemos esperar de muchas maneras: distraídos hasta el adormecimiento, con impaciencia, con ansiedad o peleando con la realidad como si eso acelerara el reloj, pero cuando no sabemos cuánto durará la espera, o por qué estamos esperando, aparece la inquietud. Nos preocupamos, molestamos, tensamos e incluso actuamos como si hacerlo fuera a originar cambios al respecto. Por ello, Pablo d´Ors recalca que esperar mal no acorta el tiempo: lo enrarece: “Esperar con impaciencia no sirve, esperar con ansiedad desgasta y esperar peleando con la realidad solo añade sufrimiento al tiempo que ya avanza por sí solo”.

Desde la tradición cristiana, sabemos que una buena espera en Adviento no garantiza regalos mejores, pero sí una Navidad más real, más profunda y menos superficial. Así como que una buena espera en Cuaresma no acorta el camino, pero desemboca en una Semana Santa más consciente y habitada. Aquí aparece una clave decisiva: esperar bien no es perder el tiempo; es habitarlo de otro modo.

Sin duda, no hay recetas mágicas, pero sí prácticas y, más importante aún, actitudes que transforman la espera. Entre las más comunes se encuentran:

Esperar en compañía, así pesa menos. Un amigo, una conversación, alguien que te acompañe —aunque no resuelva nada— cambia la experiencia del tiempo. No es lo mismo esperar solo que esperar acompañado.

Esperar activamente, no como quien se cruza de brazos, sino como quien se prepara. La espera puede ser un taller interior en el que puedes ordenar ideas, madurar decisiones, afinar la mirada, recuerda que no todo tiempo es productivo, algunos son preparatorios.

Aceptar la espera, no quiere decir que debas resignarte, debes dejar de pelear con lo que es. La resistencia constante a la realidad nos cansa más que la espera misma.

Distraerse bien, no para huir, sino para cuidar el ánimo. Un libro, música, una caminata, una conversación. Cabe mencionar que no todo silencio es vacío, ni toda distracción es superficial.

Sin duda, toda espera abre un espacio, pero las preguntas decisivas son: 

¿Qué hacemos con ese espacio? ¿Con qué actitud lo enfrentamos?

Una cosa es esperar en la fila del supermercado y otra esperar en las encrucijadas más complejas de la vida, como en medio de un desafío laboral, de una enfermedad mortal o en una situación familiar delicada. Eduardo Garza señala: “Es probable que la manera en que conjugamos el porvenir refleje nuestra singular visión de la existencia: nuestras dudas y nuestras certezas… Los verbos del futuro constituyen una muy confiable radiografía de nuestra fe”. Entre los verbos del futuro que identifica en su libro se encuentran: adivinar, controlar, apostar, soportar o esperar con confianza y con esperanza. Estos verbos sintetizan la mayoría de las actitudes con las que se enfrentan las esperas más importantes de la vida.

Cabe mencionar que los verbos que presenta no son solo una forma de afrontar la espera y la incertidumbre, sino una decisión interior que se cultiva todos los días con consecuencias importantes. No pasa desapercibida nuestra relación con el tiempo y el futuro, ya que tendemos a posicionarnos de una manera que nos afecta emocional, relacional y existencialmente.

Intentar adivinar y predecir es una cosa que no suele funcionar para lo que verdaderamente importa en la vida: relaciones familiares, salud, muerte, etcétera, pero aunque no lo parezca, los pronósticos son frecuentes y al mismo tiempo altamente falibles.

Respecto al verbo controlar, podemos decir que requiere altas dosis de energía y determinación para confirmar que el control es solo una ilusión, por lo que Simone Weil desmonta la ilusión del control con claridad y lucidez: “La ilusión del ser humano, creer que el mundo obedece a nuestra voluntad, es peligrosa porque confunde acción con agitación, sustituye la atención por la voluntad crispada y acaba produciendo más sufrimiento, no menos”. La realidad es mucho más compleja que nuestros planes, programas e intenciones, por más estratégicos que sean.  

Si bien, planear es una cualidad necesaria en la vida, Eduardo Garza nos recuerda que: “los excesos de esta actitud (controlar) pueden coincidir con la ansiedad y la tristeza o, más aún: impedirnos ver las desviaciones a nuestro plan original y a la realidad misma”. La misma espera nos recuerda nuestra incapacidad para controlarlo todo. ¿Se puede vivir en paz con tanta incertidumbre? Muchos afirman que es posible, no es ingenuidad ni falso optimismo, la paz es posible, pero desde otra actitud.

El tercer verbo es apostar, algo que me parece pariente cercano de adivinar, con el agravante del riesgo. La adrenalina del juego no es para todos, soportar como opción me resulta cansado y muy triste. Aquí es donde entra la opción de esperar con confianza. Como afirma Mike Schmitz: “Esperar bien siempre es un asunto de confianza: confianza en la bondad de Dios y en los tiempos de Dios.” No estamos solos, Dios no llega tarde. Lo que pasa es que no sabemos esperar o no sabemos confiar en su proceso.

En conclusión, esperar puede parecer tiempo perdido y quizá lo sea, desde la lógica de la eficiencia, pero no todo lo valioso es productivo. Hay tiempos no productivos que, sin embargo, son profundamente fecundos.

Tal vez la pregunta no sea cuánto dura la espera, sino en quién nos estamos volviendo mientras esperamos, porque al final, la vida no se mide solo por lo que logramos, sino por cómo habitamos esos largos intervalos entre una promesa y su cumplimiento.


Más información:
Mtra. María Eugenia Cárdenas Cisneros
eugenia.cardenas@anahuac.mx
Instituto de la Mujer Anáhuac