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El significado del cuidado en un mundo que corre



 humanism Liderazgo Anáhuac en Humanismo

En el 8 de marzo, esta reflexión propone redescubrir el cuidado como clave cultural para humanizar la universidad en un mundo que corre sin pausa.

Cada 8 de marzo solemos hablar de derechos, oportunidades y estadísticas, y es necesario, pero hoy quisiera detenerme en una palabra menos estridente y quizá más revolucionaria: cuidar.

En una universidad donde todos corremos —entre entregas, juntas, proyectos, evaluaciones, congresos y métricas—, ¿qué lugar tiene el cuidado? ¿Es un lujo? ¿Una distracción? ¿Un asunto privado? ¿O podría ser, precisamente, la clave cultural que nos falta? La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha colocado el concepto de sociedad del cuidado como una propuesta central para repensar cómo organizamos nuestras economías y nuestras relaciones sociales.

Un verbo que suena pequeño… pero no lo es “Cuidar” parece un verbo doméstico. Evoca escenas íntimas: una madre que vela, una amiga que escucha, un médico que acompaña. Sin embargo, el cuidado no se reduce a un asunto familiar privado. Si miramos la historia, veremos que el cuidado ha sido fuerza civilizadora. En la caída del Imperio Romano, fueron pequeñas comunidades cristianas —minorías creativas, diría Joseph Ratzinger— las que cuidaron a los enfermos cuando otros huían, acogieron niños abandonados y sostuvieron redes de solidaridad. No tenían poder político, tenían algo más radical: una antropología que afirmaba que cada persona era valiosa. El cuidado no fue sentimentalismo; fue una visión del mundo, una respuesta concreta.

Cuidar no es consentir

Hay que decirlo con claridad: cuidar no es sobreproteger ni debilitar. Cuidar no es evitar toda frustración. Cuidar no es bajar el estándar. Cuidar no es anestesiar la exigencia. En La condición humana, Hannah Arendt distingue entre labor, trabajo y acción. La acción —la que transforma el mundo— solo ocurre en un espacio donde las personas pueden aparecer, hablar y actuar. ¿Puede alguien atreverse a actuar si no se sabe mínimamente sostenido? El cuidado crea el espacio donde la acción es posible. Todos somos interdependientes, el cuidado no es un añadido, es una condición imprescindible para vivir.

La universidad acelerada

Vivimos en la cultura de la productividad permanente. Todo se mide. Todo se compara. Todo se publica. En este contexto, ¿qué significa cuidar?

  • Cuidar es mirar a un alumno más allá de su promedio
  • Cuidar es corregir un trabajo con verdad… y con respeto
  • Cuidar es exigir porque creemos en el potencial del otro
  • Cuidar es no reducir a una mujer —o a un hombre— a su rendimiento

En una cultura que corre, el cuidado es resistencia.

¿Tiene el cuidado algo que ver con lo femenino?

Aquí conviene ser prudentes. No se trata de esencialismos ingenuos, pero tampoco de negar lo evidente: históricamente, gran parte del cuidado ha recaído en los hombros de las mujeres, que han cuidado en muchas ocasiones sin remuneración ni reconocimiento alguno.

En México, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) sigue siendo este el panorama. Las mujeres dedican en promedio 39.7 horas semanales a trabajo no remunerado —incluye cuidado, tanto doméstico como comunitario—, en contraste con 18.2 horas de los hombres. Algunos lo explican señalando que muchas mujeres han desarrollado una inteligencia relacional particular, una capacidad de percibir matices, necesidades y vínculos. No porque sean “más débiles”, sino porque durante siglos se les confió lo más frágil: la vida naciente, el enfermo, el anciano, la comunidad. En Mulieris Dignitatem, Juan Pablo II habla del “genio femenino” como esa sensibilidad especial por la persona concreta. Lo que no implica o se traduce en destino. El cuidado debe partir de la libertad, de la responsabilidad, del amor. Mujeres y hombres podemos y debemos cuidar.  

En la Biblia (Génesis 4,9) Dios le pregunta a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” A lo que Caín responde con una pregunta que sigue resonando a través del tiempo y el espacio: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Ahí está, quizá, la primera gran discusión sobre el cuidado en la historia bíblica. La fraternidad no es opcional. El individualismo quiere responder: “no es mi problema”, “no es mi responsabilidad”. La historia, la experiencia, la antropología y la fe nos responden de otra manera: ¡Sí! Sí lo eres. Sí lo somos.

La sociedad del cuidado no empieza con una ley, sino en una conciencia. Más allá del lenguaje teológico, la pregunta sigue vigente: ¿Puede esa capacidad, presente en muchas mujeres y también en hombres que la cultivan, transformar la cultura universitaria?

El cuidado como liderazgo

En tiempos donde el liderazgo se asocia con visibilidad, estrategia y resultados, el cuidado parece invisible. Sin embargo, pensemos en figuras históricas como Teresa de Calcuta. No cambió el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una coherencia radical entre dignidad humana y acción concreta.

O pensemos en la literatura. En Los miserables, Víctor Hugo muestra cómo un solo acto de cuidado —el del obispo Myriel hacia Jean Valjean— transforma una vida entera. No fue debilidad. Fue una forma de poder moral. El cuidado auténtico genera autoridad.

¿Qué cultura queremos formar?

Como directora del Instituto de la Mujer en la universidad, me pregunto: ¿Estamos formando mujeres que solo compitan o mujeres que humanicen? ¿Estamos formando hombres que solo destaquen u hombres que sepan custodiar?

El cuidado no es patrimonio exclusivo de un género, pero sí es una dimensión imprescindible de toda cultura que aspire a ser humana. 

Una universidad que cuida:

•    no infantiliza, pero acompaña
•    no relativiza la verdad, pero la comunica con respeto
•    no elimina la competencia, pero la enmarca en la dignidad
•    no reduce a la persona a una función

En un mundo que corre, alguien debe sostener el ritmo

En la cultura contemporánea hay una fascinación por la velocidad. Pero lo humano tiene otro compás: el crecimiento, el aprendizaje, el duelo y la maduración no se aceleran sin costo. Cuidar es aceptar ese ritmo.

Tal vez el 8 de marzo no sea solo una fecha para reivindicar espacios de poder, sino para preguntarnos qué tipo de poder queremos ejercer. ¿Un poder que domina o un poder que sostiene?

Porque cuidar no es detener el mundo, es impedir que se deshumanice mientras corre y, quizá, solo quizá, el verdadero progreso no consista en ir más rápido, sino en no perder a nadie en el camino.

Bibliografía:

•    Arendt, H. (1958). The human condition. University of Chicago Press
•    Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI)
•    Juan Pablo II. (1988). Mulieris dignitatem. Libreria Editrice Vaticana
•    Hugo, V. (1862). Les misérables. A. Lacroix, Verboeckhoven & Cie
•    Ratzinger, J. (2006). Europa: Sus fundamentos hoy y mañana. Ediciones Encuentro
 

Más información:
Mtra. María Eugenia Cárdenas Cisneros
eugenia.cardenas@anahuac.mx
Instituto de la Mujer Anáhuac