Entre narrativas y heridas: ¿Cómo podemos sanar?
Liderazgo Anáhuac en Humanismo
La Mtra. María Eugenia Cárdenas, directora del Instituto de la Mujer Anáhuac, presenta un texto en el que invita al lector a cambiar la narrativa y el horizonte desde el que miramos los hechos.
Toda vida es una historia, no solo porque nos ocurren cosas, sino porque las interpretamos. Cada persona, de manera casi automática, construye un relato interior que intenta explicar lo que le ha pasado, quién es y hacia dónde va. Esa historia, a veces silenciosa, a veces insistente, es la narrativa que da coherencia a la propia vida.
Lo curioso es que, aunque los hechos puedan ser objetivos, la interpretación nunca lo es del todo. Dos personas pueden atravesar experiencias similares y contarse historias completamente distintas sobre lo que significan. Una cosa es la experiencia y otra la interpretación de la experiencia.
Las narrativas funcionan como mapas. Nos orientan, nos ayudan a encontrar sentido. Pero, como todo mapa, también pueden simplificar la realidad o incluso deformarla. Con el tiempo, ese relato interior se vuelve una especie de guion: buscamos en los hechos confirmaciones de lo que creemos sobre nosotros mismos.
Si alguien se repite frecuentemente “mi vida es una lucha constante, pero soy fuerte”, construye la narrativa del superviviente. En cambio, si piensa “mi vida es una misión, estoy aquí para algo”, aparece la narrativa de la vocación. La literatura y el cine están llenos de estas historias. Harry Potter, Luke Skywalker o Simba no solo viven aventuras, atraviesan el descubrimiento de su identidad y de una misión que los llama.
Otra narrativa muy extendida es la del mérito: “Si trabajo duro, lo voy a conseguir”. Es la historia del esfuerzo, de la disciplina, del famoso “sueño americano”. Rocky Balboa se levanta una y otra vez porque cree profundamente en esa lógica: el esfuerzo puede abrir caminos. También existe una narrativa más sutil, pero muy presente en nuestro tiempo: la de la productividad. La idea de que el propio valor depende de lo que se logra. Valgo en la medida en que produzco, gano, destaco o recibo reconocimiento. Cuando esta narrativa domina, el éxito se vuelve identidad, y el fracaso, amenaza existencial.
En el extremo opuesto aparece la narrativa del héroe: “Yo puedo cambiar las cosas”. En Frodo, el pequeño hobbit de Tolkien, vemos una versión particularmente interesante de esta historia: no es el más fuerte ni el más preparado, pero acepta una responsabilidad que transforma el destino de muchos.
Y, por supuesto, está la narrativa de víctima: “Mi vida está marcada por injusticias; las cosas malas me pasan a mí”. Aquí la historia puede tomar dos caminos muy distintos. En Jean Valjean, de Los Miserables, la injusticia sufrida no se convierte en resentimiento permanente, sino en un punto de partida para la transformación. La herida existe, pero no lo define todo. En El Joker, en cambio, el dolor recibido se vuelve identidad absoluta. La herida no es un capítulo de la historia, es el argumento completo.
Y aquí aparece un tema inevitable: las heridas. No hay vida humana sin heridas. Todos hemos sido heridos alguna vez. Y, si somos honestos, probablemente también hemos herido a otros. La pregunta importante no es si existen heridas, sino qué hacemos con ellas. Para algunas personas, una herida es un episodio de su biografía; para otras, se convierte en el título de su autobiografía.
Hoy vemos dos tendencias que parecen contraponerse. Una consiste en quedarse atrapado en la herida, analizarla una y otra vez, hasta convertirla en fuente de identidad. La otra consiste en negarla, anestesiarla con distracciones, ruido, hiperactividad o superficialidad. Ninguna de las dos estrategias sana realmente.
Quizá el camino más humano sea otro: reconocer las heridas, aceptarlas, sanar lo que se pueda sanar y aprender, como decía Benedicto XVI, a vivir incluso con aquellas que permanecen. Las heridas no siempre desaparecen, pero pueden transformarse; pueden volverse lugares de encuentro, de comprensión más profunda, de compasión hacia los demás.
Al final, tal vez la pregunta más importante no sea qué nos ocurrió, sino qué historia estamos contando sobre lo que nos ocurrió. Porque a veces cambiar la narrativa no modifica los hechos, pero sí cambia el horizonte desde el que los miramos, y eso puede cambiar toda una vida.
Más información:
Mtra. María Eugenia Cárdenas Cisneros
eugenia.cardenas@anahuac.mx
Instituto de la Mujer Anáhuac